Doblajitis

Hoy, en clase, hemos hablado del doblaje y de este cortometraje, Doblajitis.

Y me he acordado de un artículo que escribí para la revista El Duende  en octubre de 2004. No lo encuentro en la red así que voy a ponerlo aquí.

El doblaje: artesanía del engaño

El octogenario Salvador Arias nos descubre el doblaje como una mezcla artesanal de sincronía e interpretación. Arias arrancó los aplausos de Orson Welles por su doblaje de Ciudadano Kane. Ahora nos hace dudar. ¿Será el doblaje algo más que ese “maligno artificio” del que hablaba Borges?

Prefiero la versión original. Y me gustaría leer a Tagore en su idioma original, pero como no lo conozco, tengo que utilizar las magníficas traducciones de Zenobia Camprubí. ¿No es lo mismo que se hace en el doblaje? Traducimos las películas que no se entienden en el idioma original”.

¿Y los subtítulos?

“El subtítulo ahoga, ¿cómo voy a ver Hamlet con subtítulos? No se puede leer y ver la obra al mismo tiempo. Además, los subtítulos acortan las frases y no reflejan la realidad del guión como lo hace el doblaje”.

Lo dice Salvador Arias con voz grave y la seguridad de un patriarca. Lleva más de 50 años frente a una pantalla y fundó, hace 30 años, la escuela más famosa del gremio.

Al pequeño estudio de Salvador Arias se accede por una puerta de madera tronada. El interior es igual de anacrónico. Poca luz, humo, celuloide y un proyector antiguo que plasma sobre la pantalla imágenes en blanco y negro. “Normalmente las productoras no mandaban copias en color para ahorrar dinero” revela Salvador. Allí el profesor Arias sienta cátedra de sincronía e interpretación, con alguna que otra escapada literaria entre los takes: tomas de 30 segundos, aproximadamente, en las que se divide un doblaje. Sus alumnos escuchan embobados e intentan colocar su voz en los labios del protagonista. No pueden despistarse. Cada segundo son 24 fotogramas. Si se adelantan 2 fotogramas, la toma ya no será válida. Sin embargo, más importante que la sincronización, es la interpretación y el estudio del personaje. Somos actores de doblaje, no dobladores, insiste Salvador.

Arias es la historia viva del doblaje español. Pocos años antes de su primer trabajo como actor de doblaje, en 1940, el gobierno de Franco decretó una ley por la que quedaba prohibida la proyección cinematográfica en otro idioma que no fuera el español. Fue un impulso definitivo a un negocio que ya contaba con el beneplácito de las grandes productoras de Hollywood. Desde entonces, el espectador español se ha ido acomodando al dulce engaño del doblaje. Su oído ya está habituado a la voz áspera de Rogelio Hernández (Jack Nicholson, Paul Newman, Marlon Brando, etc.) o a la carraspera de un antiguo alumno de Salvador Arias, el famoso Ramón Langa (Bruce Willis).

Esta adaptación del oído se reforzó con la llegada de la televisión, aunque su aparición “supuso un descenso en la calidad del doblaje”, afirma Salvador. Las series de televisión viven al día.

“Necesité un mes para doblar Buscando a Nemo. Sin embargo, algunos capítulos de La ley de Los Angeles se grabaron en un día” nos cuenta el director de doblaje Eduardo Gutiérrez. Las grandes productoras de cine saben que un mal doblaje puede destrozar una película de éxito.

Mientras tanto, la VSO (Versión Original Subtitulada) sigue moviéndose en un porcentaje muy bajo de espectadores. Apenas un 10 por ciento de las salas madrileñas ofrecen las voces originales de las películas extranjeras. ¿Qué se pierde con ello? En primer lugar, autenticidad. El actor trabaja tanto con su voz como con su cuerpo. Contra el argumento de la traducción que esgrime Salvador Arias, Jorge Luis Borges escribió lo siguiente:

“Ese argumento desconoce, o elude, el defecto central: el arbitrario injerto de otra voz y de otro lenguaje. La voz de Hepburn o de Garbo no es contingente; es, para el mundo, uno de los atributos que las definen” (Sobre el doblaje, 1932).

La traducción, además, no es ni puede ser fiel al original. El adaptador ha de cambiar el texto original para adaptar el idioma a los labios del actor y al contexto cultural del país. Por otra parte, el espectador de la versión doblada está desaprovechando una oportunidad única. La de practicar o refrescar el idioma en una academia que no cobra matrícula ni plazos. Sólo el precio de la entrada.

Leave a Reply